“Agustín Díaz Pacheco es un escritor difícil, y Cuentos de otoño un hueso duro de roer”

Entrevista de Jesús Rodríguez Castellano *

 

agustin

Cuentos de otoño. Tristes cuentos en tiempos tristes. Agustín Díaz Pacheco no es un escritor fácil, o sea, es un escritor difícil, no es un escritor alegre. Sus historias están preñadas de incertidumbres y pesadumbres. Sus ojos son diestros en mirar lo que hay en los estados oscuros, de la mente y de la realidad. No hay esperanza posible. La felicidad es una máscara falsa. Caída esa máscara,  lo más sensato es pegarse un tiro. Esto ocurre en uno de los relatos. En otro, la falta de felicidad está puesta desde un principio: un hombre pasa hambre y para poder comer vende libros valiosos a un comprador que no paga. Sigue pasando hambre. Cuentos de otoño es un hueso duro de roer.

      Cuentos de otoño no es un libro para escritores hogareños, no tiene refugio, ni calor de hogar. Domina la intemperie y una sombra horriblemente fría. La luz con que el narrador ilumina esa sombra no la disipa, sino que la hace ver aún más negra y helada. Tinieblas sin corazón, las vidas que ha fabricado Agustín Díaz Pacheco en las páginas de Cuentos de otoño. Es uno de esos escritores en el que la obra es una necesidad vital. De su nuevo libro y de parte de su vida y otras cuestiones he hablado varias tardes en Santa Cruz de Tenerife.

―Buena parte  de los actuales políticos constituyen la quintaesencia de la mediocridad y el más absoluto desacierto. Durante siete años estuviste en un cargo político literario (Codirector de Nuevas Escrituras Canarias, junto a otro escritor, Emilio González Déniz). ¿Cómo fue eso?

―Creo que en numerosas ocasiones  el péndulo puede oscilar entre la desidia y el desinterés, suele suceder. La desidia surge de la abundante incompetencia-mediocridad, el gregario desinterés de la incultura y un tibio nihilismo. Abunda la mediocridad, no sólo abunda, es sumamente ambiciosa por cuanto aspira a triunfar. ¿Cargo político-cultural…? Considero que es excesivo… Nos confiaron [a Emilio González Déniz, buen escritor, un destacado novelista, y a mí] una tarea literaria específica, concediéndonos parcelas autónomas que luego las hicimos prosperar considerablemente. Apostamos por nuevos valores creativos, evitando siempre a los recomendados. Personalmente, me incliné literariamente por algún que otro escritor,  incluso a aquellos algo marginados por la excluyente endogamia cultural, la literaria más concretamente, y una cuasiomnipresente  estupidez. Importante fue una relación directa entre autores-directores. Estando J.-M. García Ramos como Consejero de Educación, Cultura y Deportes  abundaron varias parcelas culturales, también  destacadas colecciones: Biblioteca Básica Canaria, Nuevas Escrituras Canarias, Biblioteca de Artistas Canarios, entre otras. Ahora bien, en lo que a mí respecta, cuando accedí a desempeñar las funciones que me confiaron me encontré en una situación surrealista. Salvo Juan-Manuel García Ramos, Carlos Díaz Bertrana, entonces Director General de Cultura, excelente persona, todo un perfecto caballero, y Maximiano Trapero, coordinador de la colección, otra excelente persona, el resto de los compañeros de trabajo parecían desconocer en qué consistía mi cultural misión, qué funciones las que yo desempeñaba, en qué consistía mi trabajo concreto, hasta dónde mi quehacer profesional, y todo esto impregnaba mi entorno de cierta extrañeza. Advertía en el resto de los compañeros de trabajo  diversas reacciones. Esto no me era agradable, no porque actuaran adversamente sino porque percibía en ellos una permanente interrogante, por así decirlo. Además yo había militado muchos años en el Partido Comunista de España (decidí abandonarlo definitivamente en 1984), venía precedido por una larga experiencia de militante y activista universitario tanto durante la lucha antifranquista como en el periodo de la transición, es decir, consideraba que me encontraba como estigmatizado, esto duele, vaya que si duele, claro que duele y bastante, pero en esas circunstancias había que ejercer la resistencia, por necesidad y por estricta convicción, por irrenunciables principios. Era una situación del todo contradictoria, rayana en la paradoja. Lo primero que realicé, también Emilio González Déniz, buen escritor y buen compañero, notable novelista, fue rechazar a los típicos escritores recomendados. Hubo tan sólo un caso excepcional que no coincide con la categoría propia de los recomendados, o sea, no mediaba recomendación alguna, se trataba de una persona avalada por una indiscutible calidad, del todo excelente, persona que literariamente gozaba del mayor crédito literario, para nada necesitaba ser recomendada, estaba avalada por sus cualidades creativas. Nos reunimos y acordamos elevar un informe favorable. Todo este género de tensiones pasó factura, vaya que si pasó factura,  y luego de que no me renovaran el contrato, un director general de cultura, Horacio Umpiérrez me comunicó, en pleno pasillo de la Viceconsejería, que la colección Nuevas Escrituras Canarias no continuaría siendo editada. Habían sido siete los años de intensa actividad, muchas eran las ilusiones que albergaba –no ilusoriamente, por supuesto-, diversos también los proyectos que había ido tejiendo, tiempo en el que me ocupé, junto a Emilio González Denis –él en Gran Canaria y yo en Tenerife- de seleccionar a poetas, narradores y novelistas, estar al tanto del proceso de impresión de los textos, permanecer pendiente de que los escritores radicados en Tenerife viajaran a Gran Canaria y al revés, ocuparme de tramitar sus billetes de avión, buscarles presentadores (a los de Tenerife en Gran Canaria y a la inversa, y Emilio González Denis efectuaba igualmente ésta labor), buscarles alojamiento, escribir artículos de apoyo respecto al libro que le había sido publicado, colaborar estrechamente con el responsable de prensa, o sea, todo un cúmulo de actividades. Es decir, un quehacer polivalente, sumamente arduo y bastante estresante. Todo lo anterior pasó factura y recuerdo que  el diez de junio de 1996, tras una escalofriante noche, sufrí una gravísima hemorragia interna, una severa hemorragia digestiva debida a un proceso de estrés acumulado. Estuve ingresado en una Unidad de Medicina Interna durante una semana, y un excelente doctor, luego catedrático, evitó que procedieran a transfundirme. Fueron siete años donde hube de ejercer una constante y enorme resistencia.

―Dicen que El camarote de la memoria, tu opera prima, por la que entraste por la puerta grande en nuestras letras, es un viaje interior. ¿Puedes contarlo con absoluta brevedad?

―¿Puerta grande…? Sobresalía la novela premiada de un escritor expectante por muchos motivos. En la novela establecí viajar a una isla enigmática [Isla Fugaz = San Borondón]. Enigmático territorio huidizo, parecía desconcertar, regatear a despistados o aterrados navíos y sus capitanes, la isla era principio y fin. Me supuso un  intenso trabajo previo. Hablé con viejos lobos de mar, me documenté, visité veleros… A una pregunta mía, Isaac de Vega, gran escritor, fue tajante: “San Borondón, Isla Fugaz, no”. Sobrada razón la suya, gran persona, gran escritor, Premio Canarias de Literatura. Atreví afanarme intentando cierta espeleología vital, ahondando en la condición humana. Así, el viaje del navío Hades era pretextual, navegaba rumbo al interior del ser humano. Intenté confeccionar un mapa de las pasiones humanas, sopesar las dudas y certezas del ser humano. En cuanto a ¿San Borondón o Isla Fugaz?, no hilé suficientemente fino. Pero creo preciso enumerar una serie de factores que tal vez tuvieron un considerable peso específico en mi inconsciente psíquico. Cuando era niño acompañaba a mi padre cuando éste visitaba a un familiar, Carlos Foronda, casado con una prima hermana de mi padre, Josefina Díaz Dorta, dos maravillosas personas. Carlos Foronda, capitán de la marina mercante española, republicano, había pertenecido a la masonería, se trataba de un hombre sumamente culto, ciego debido a una diabetes, y dado que era masón había sido apartado por las autoridades franquistas de su cargo de capitán de la marina mercante. Apreciaba muchísimo a mis padres. Fue Carlos Foronda una persona que quedó grabada en mi memoria. También la experiencia de un corto viaje nocturno, teniendo yo siete años; un viaje a bordo de una lancha mediante la cual accedimos a un barco holandés que dragaba en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Recuerdo al capitán de aquel navío holandés, un hombretón, persona evidentemente corpulenta, de espesa barba, muy agradable y cariñosa, todo un ejemplar lobo de mar quien quedó impregnada en la retina de mi memoria. La memoria no es azarosa, resulta selectiva, la mente puede establecer distinciones, y los recuerdos establecen una especie de implícita disección. Y muchos años más tarde surgiría entre otros libros, El camarote de la memoria. Por otra parte, cuando pude acceder a la universidad (antes había estudiado Graduado Social, carrera universitaria de grado medio, estudios que comparía con el trabajo de auxiliar administrativo, también el de vendedor de libros y otras ocupaciones laborales para tener algo de dinero contante y sonante en mis bolsillos, para comprar libros y tomarme unos vinos,  medité en qué carrera superior estudiar. Sopesé lo de estudiar psicología, pero aun atrayéndome bastante no terminaba por convencerme, también Derecho, por cierta tradición en mi familia paterna, pero la carrera que a mí me entusiasmaba era Medicina, pero existían tres serios adversarios: la física, la química y las matemáticas. Menudo escalofriante trío, al menos para mí. Tenía dos primos hermanos médicos, Fernando y Enrique Díaz Rodríguez, -primos hermanos de otro inolvidable primo hermano, Carlos Bazzochi Díaz- magníficos oftalmólogos, quienes terminarían radicándose en Caracas, donde instalaron una clínica especializada en oftalmología. Mi primo Fernando había pertenecido al equipo del famoso doctor oftalmólogo catalán Barraquer. Esto me impactaba. Mientras que por parte de mi madre, una gran lectora, dotada de enorme sensibilidad artística (realizó varias exposiciones de pintura al óleo matérico) y duro carácter, tenía ella una prima hermana nacida en Artenara, Gran Canaria, se trataba de Carlota de la Quintana López de Arroyave, que como mi madre, obviamente, tenía ascendencia portuguesa y vasca. Carlota fue la primera mujer médico canaria, quien contaba con 15 especialidades médicas  - 9 de ellas las estudió en Alemania, también cursó estudios en Suiza, Inglaterra, EE UU y Rusia - y dominaba 13 idiomas, aparte del esperanto, terminando sus días prestando voluntaria asistencia médica a personas de escasos recursos económicos, siendo conocida en Las Palmas de Gran Canaria como “la doctora de los pobres”. Una persona admirable. La conocí, y su trato, también su mirada, me sedujeron profundamente. Pero, ¿por qué relato todo lo anterior?, ¿se trata acaso de que yo pretenda ser vanidoso? En absoluto, nada de vanidad, ésta no tiene lugar, en absoluto lo tiene, además la detesto; se trata de refundir  mi memoria personal, también de consolidar el recuerdo que debo rendir a mis padres, quienes se esforzaron por inculcarme interés por la cultura, la literatura, el arte, también para que supiera y debiera rendirle culto a la sencillez, la solidaridad y el apoyo a los demás en la medida de mis posibilidades; mis padres preconizaban el respeto efectivo hacia los demás, el amor por el ser humano, también ejercer la resistencia, la firmeza justamente acompañada por la flexibilidad. Recuerdo una frase de mi padre: “Jamás mires a una persona por encima del hombro, tampoco permitas que lo hagan contigo”. También recuerdo cómo le dispensó un admirable trato a un señor de raza gitana. Mi padre, ferviente liberal siendo muy joven había emigrado junto a su hermano Fernando a Cuba, Puerto Rico, México, Guatemala y Estados Unidos, me dijo, “Agustín, es un ser humano, oíste, un ser humano como tú, como yo, como él. ¡Qué tiene que ver el color de la piel de una persona!”. Vital fue la influencia de un primo hermano, Carlos Bazzochi Díaz –al que ya he mencionado-, de abuelo italiano por vía paterna, quien me prestó atención y apoyo, estimulándome para que yo leyera intensamente (el primer libro que me obsequió fue El espíritu de la Revolución, de Saint Just. Carlos fue como un hermano mayor, periodista, director del periódico Diario de Avisos, falleció inesperadamente en 1972 a los 33 años, sufrí una profunda depresión). Jamás podré olvidar a Carlos, jamás. Terminé estudiando Derecho, carrera que abandoné voluntariamente en quinto curso, pero siempre he prestado mucha atención a los demás, o sea, estudiar la conducta de otras personas, observarlas detenida y minuciosamente, saber escrutarlas, navegar por debajo de la piel del otro, tener en cuenta la apariencia y también transgredirla, ponerme en su lugar, instalarme en su seno y tratar de indagar. Al fin y al cabo se trata, en cierta manera, de practicar una suerte de “medicina heterodoxa”. En El camarote de la memoria empleé inconscientemente lo que luego aprendería de la teoría del iceberg, propugnada por Ernst Hemingway, la práctica consciente de la omisión me ha atraído desde siempre, y esta teoría, llevada a la práctica, obviamente, está presente en mi novela El camarote de la memoria, y dicha práctica también la he intentado aplicar en otras de mis obras.  Ahora, pasados 36 años, procedería a incorporar algún que otro protagonista, introduciría ciertos acontecimientos, y modificaría el final de la novela. Consciente de que siendo muchas veces el ser humano hijo del error, sólo que en parte, habrá que aceptar lo concluido hace 36 años. Sin embargo, recuerdo que un inolvidable  amigo, lamentablemente fallecido, Manuel V. Perera, buen escritor, agudo crítico literario, opinó respecto a lo de continuar la novela, entendí que me insinuaba que yo fecundara una especie de saga. Ha quedado en el aire. En esta trayectoria literaria, que a veces mueve a la duda, presentes escritores como Félix Casanova de Ayala, buen poeta, médico, Isaac de Vega, catedrático de la difícil asignatura que constituye la sencillez, Carlos Pinto Grote, médico psiquiatra, poeta, narrador y novelista, quien en muchas ocasiones actuó como un buen padre, y Arturo Maccanti, excelente poeta. En éstos escritores no sólo aprecié su cultura e inquietudes intelectuales, la imaginación consustancial a los creadores de raza, sino también una admirable sencillez. Personas lineales, transparentes, ajenas a la vanidad. Presente también mi abuelo paterno, Agustín Díaz Hernández, persona inteligente y compleja, muy compleja, demasiado compleja, dicho en el mejor sentido, maestro de enseñanza, propulsor de periódicos y buen redactor, topógrafo y militar, capitán de infantería. Persona que por su singularidad siempre me llamó la atención, falleció en 1934, año en que también murió mi abuelo materno, Pedro Pacheco Delgado, filomasón, concejal socialista, gran lector, persona bonhómica.

Cuentos de otoño, aparece el mismo año que dos novelas que han sido significativas   – El delator, de J-M. García Ramos, y Panza de burro, de Andrea Abreu. ¿Hay alguna relación o confrontación importante entre tu libro de cuentos y esas dos novelas?

―Creo que ninguna. Panza de burro es una novela espléndida, concebida por una magnífica escritora. Andrea Abreu robustece el léxico del castellano hablado en Canarias, la libertad de puntuar, concediéndole carta de literalidad al lenguaje común, a la agramaticalidad, ahondando en una comarca rural icodense, Los Piquetes. Posee mimbres de creadora sensible,  sumamente inteligente. Su excelente primera obra probablemente le demandará bastante en futuras entregas. En cuanto  a  El delator,  de J.-M. García Ramos, otras son sus consideraciones. Tristísima la calificación infligida a Domingo Pérez Minik, un creador de enorme talla intelectual. Legítimo entonces preguntarse, ¿estando en vida el escritor tinerfeño,  habrían atrevido El delator? Domingo Pérez Minik falleció un  24 de agosto de 1989 (quedó pendiente una entrevista periodística que él y yo habíamos acordado; como testigo, su asistente sanitario, su cuidador),  ya no puede replicar, pero otros escritores como J.J. Armas Marcelo, Cecilia Domínguez Luis, Miguel Martinón o Daniel Duque salieron en su defensa, máxime al personificarse una lamentable calificación. Considero que la experiencia puede consistir en una suma de errores, cuyo resultado es restado por una exigua suma de aciertos. En El delator queda plasmada una narrativa efectista de presunta restitución histórica, mientras que Panza de burro obedece a una motivación intelectual  (a Panza de burro se le suma otro texto de parecida  factura, Mujeres amigas). Desenvolviéndose en una heterodoxa virginidad, late en ella una fecunda espontaneidad, difícil de lograr. En relación con Cuentos de otoño, intenté que lo narrado no estuviera a merced del idioma, muy al contrario. En mis cuentos me propuse abordar la violenta soledad consustancial  con la evolución humana, sus inevitables miserias y grandezas, el viaje de la memoria, la muerte, también cierta lírica de la búsqueda…, y ver publicado mi cuento “El burócrata perverso” en el que le tributo un merecido homenaje a mi padre, un hombre profundamente bueno. Mi padre, tras viajar a Roma para acudir como invitado -representando a Canarias-  a la boda de Don Juan de Borbón, visita en Madrid a José Antonio Primo de Rivera, quien lo pone en contacto con Francisco Guerrero Cazorla, que fue ayo suyo, y era un ferviente falangista. Ya mi padre en Tenerife conversa con él, y poco después mi padre ostenta responsabilidades de mando en Falange Española.  Llegado el trágico 18 de julio, mi padre se niega a cumplir órdenes para reprimir a personas políticamente opuestas, a republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, masones. Siendo coherente con ésa firme actitud recibiría amenazas de muerte provenientes de un superior. Surge entonces el capitán Gerardo Brotons, entrañable amigo de mi padre, quien  lo protege, y mi padre a sus 36 años ingresa como voluntario en la Batería de Artillería comandada por su protector quien fallecería en Talavera de la Reina, Toledo, por heridas de guerra. Ésa unidad partiría rápidamente para el frente de combate. En relación con Cuentos de otoño, deseo mencionar a dos personas enormemente peculiares pero diferentes entre sí, lo cual las eleva. En unas severas circunstancias críticas [el confinamiento] ambas me fueron entrañablemente próximas: Jorge Majfud –mucho antes del confinamiento, desde 2004- y Raúl Consuegra León [Ralph Modynlo en las redes sociales]. La primera, prolífico escritor, profesor universitario en EE UU, fecundo intelectual que prologó Cuentos de otoño (al hablar con Jorge y Raúl me refiero a Cuentos de otoño como “nuestro libro”), amigo de un gran escritor y mejor persona, Eduardo Galeano y compañero del más que notable Noam Chomsky; este espléndido hombre llamado Jorge Majfud es ejemplar en el ejercicio de la bonhomía que lo caracteriza y enaltece, un genuino demócrata,  tras la aparición de su libro La frontera salvaje –obra que aún no he podido leer, como otros muchos lectores permanezco a la espera de hacerlo- ha recibido graves amenazas. La segunda  persona, Raúl Consuegra León -a quien conocí circunstancialmente en una tienda de discos, propiedad de un buen compañero-, estudiante universitario majorero  [naturales de Fuerteventura, Canarias], de perfil renacentista, destaca en él una notable creatividad, notablemente inquieto, su buen quehacer ilustrativo quedó demostrado durante el confinamiento (mayo-junio, 2020). Él en Fuerteventura, leyendo en la casa de sus padres mis cuentos y dibujando tanto las ilustraciones del interior de Cuentos de otoño como el dibujo que le sirve de portada y yo en Tenerife. Es muy llamativo, altamente curioso lo de Raúl Consuegra León, estudia la carrera de Bellas Artes y práctica disciplinada y asiduamente el rugby, siendo un lector voraz, amante del arte, la filosofía y la ciencia ficción. Es muy joven, irrefutable virtud biológica nada reñida con el presente y el futuro, y a la juventud hay que tratarla esmeradamente, con respeto, considerar que son personas de cera y que a la vez deben acrecentar paulatinamente su futuro de acero.  A Jorge y a Raúl les debo mi más profundo por permanente agradecimiento y cariño, y ambas disposiciones no están reñidas con el siempre indispensable y agradecido talante crítico.  

―¿Fuiste cocinero antes que fraile?

―De adolescente escribí varios artículos para una revista (Las pesas) de físico-culturismo, lo practicaba, después hice karate, mucho footing y un gran deporte, Tiro con Arco, espléndido arte, bien estudiado por Eugen Herrigel, autor de un espléndido libro, El Zen en el Tiro con Arco, porque esa noble disciplina viene a constituir un original y profundo arte. Y tenía veintipocos años cuando comencé a colaborar con artículos y entrevistas, éstas aparecerían en El Puntal [1980-1981]. Mi primer proyecto, Primer canto para iniciar un comienzo, lo envié en 1973 a Ediciones ZYX, Madrid. La editorial me comunicaría  que dado el contenido de mis poemas, la Dirección General de Cultura     –Ricardo de la Cierva como director, persona reacia a ideas y actitudes avanzadas- no aprobaba la publicación del libro. Al iniciar mis estudios de  Derecho, un amigo, Felipe de la Nuez, me alentó para que me inscribiera en el Primer Congreso de Poesía Canaria (Ateneo de La Laguna y el Departamento de Literatura Española de la ULL). Rememoro la mañana del 24 de abril de 1976 y los nueve poetas jóvenes que intervinimos en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna. Entre ellos dos inolvidables creadoras, Dulce Díaz Marrero y María Belén Castro Morales, ya idas físicamente lamentablemente. En el transcurso de un almuerzo congresual, observé cómo Ángel Valbuena Prat y Sebastián de la Nuez Caballero escrutaban al grupo de poetas jóvenes. Reflexioné. Encausaría mi poesía en la labor narrativa que ya acometía apasionadamente. Tengo magníficos recuerdos. Entre ellos, callejear al anochecer por las frías calles de La Laguna, en Tenerife,  junto a Agustín Millares Sall y Fernando García-Ramos, dos excelentes poetas, terminando en el Colegio Mayor San Fernando donde leímos poemas. En 1980 enfermo gravemente de la vista. Fue una penosa travesía estática en la cual podía leer mediante mi ojo derecho y sobre todo reflexionar, lo cual realicé intensamente. Mi madre me obsequió con las obras escogidas de Jorge Luis Borges. Fue cuando maduré la idea de dedicarme intensamente a escribir y abandonar paulatinamente el Partido Comunista de España, lo cual haría cuatro años después. Aun enfermo, leía bastante y escribía artículos. En 1981 obtengo el Premio de Cuentos Ángel Acosta, fue con un cuento, Los nenúfares de piedra, cuento en el que medité durante mi enfermedad. En 1984 me publican La cadena de agua y otros cuentos, mi primer libro,  prologado por Fernando Senante. Al día siguiente de presentarlo comencé a escribir El camarote de la memoria.

―El compromiso político y una más que marcada tendencia por la cultura, son dos consideraciones que convergen  en la labor empeñada. ¿Se podría abordar tal cuestión?

―Millones de españoles eran los que deseaban una sociedad democrática, sobre todo los jóvenes. Quizás entendíamos la oposición democrática y la militancia partidista como una prueba de emancipación, o bien nos rebelábamos contra el embrutecedor tedio. Leía a Emmanuel Mounier, Carlos Díaz, también textos anarco-personalistas. Siempre me ha interesado Piotr Kropotkin, no soy un especialista en su obra, pero me atrae como persona y como pensador. ¿Compromiso político? Acudí a reuniones clandestinas de las H.O.A.C. [Hermandades Obreras de Acción Católica] donde conocería a Jaime Estévez, carismático sindicalista. Milité en el PCE en dos etapas. En la primera resulté detenido un 1º de mayo de 1973 por la Brigada Político-Social, tenía yo 22 años, trabajaba y estudiaba, negándome a revelar la identidad de un compañero que había huido, me dejarían libre. En la segunda etapa, la Organización Universitaria del PCE delegó en Quique, un compañero grancanario, y en mí para entrevistarnos con la Comisión de Encuestas del Congreso de los Diputados [compuesto por diputados de UCD, PSOE, PCE y AP, hoy Partido Popular] que investigaba el asesinato del joven estudiante Javier Fernández Quesada. (En el tránsito de los años ’70, acaece el doloroso golpe de Estado en Chile, en 1973, y un año más tarde, enorme mi júbilo por la portuguesa Revolución de los Claveles, siempre he querido mucho a Portugal, la tierra de mi bisabuelo materno, a la vez que a Euskadi, donde nació una de mis ascendentes, nació en Álava, se apellidaba López de Arroyave, o sea, Arroiae en euskera, creo). Pero jamás fui un militante dócil, muy al contrario, bastante inquieto y muy rebelde. Abandonaría definitivamente el PCE en 1984. También milité en las Juventudes Socialistas, donde logramos un pacto con las Juventudes Comunistas lo cual le desagradó a la dirección del PSOE, y colaboraría con los ecologistas de AIRE (coordinados por Alberto [Tito] de Armas Estévez, hijo de Alberto de Armas, excelente médico, uno de los más significativos senadores socialistas con que ha contado Canarias), y contactaría con  Ramón Tamames, exdirigente comunista trocado en radical, profundamente culto, quien procedería a invitar a un conjunto de personas, entre ellas yo, para asistir al Congreso [fundacional] de la Federación Progresista (FP). Ramón Tamames buscaba infructuosamente idóneo espacio –sumamente  revelador su libro Utopía y contrautopía. Diez claves para 1984-  para el radicalismo partidista –muy en boga en Italia- mediante la Federación Progresista. Posteriormente muchos abandonaríamos legítimamente dicha formación. Ha transcurrido la friolera de 50 años. En ese tiempo miles de personas conquistaron ciertas metas o padecieron derrotas, ambas forjan conciencia y carácter. Mientras, muchas personas seguirán preguntándose quién fue el joven valientemente plantado ante un carro de combate en la pequinesa Plaza de Tianamen, también las que recelan de quienes pretenden un hombre nuevo. Pero valoremos esta democracia formal, ribeteada de tímidos avances, y también ésta siniestra pandemia que ha puesto de relieve lo mejor y lo peor del ser humano. En el texto introductorio de  Cuentos de otoño  atreví citar  las palabras del pintor Antonio López: “No creo que salgamos mejores de esta crisis”. Escalofriante. Situados en este brutal abismo pandémico, comprobamos que la hegemonía de la incertidumbre nos ha revelado la presencia de héroes y miserables, abundando enormemente los segundos. En esta oscilante pandemia con sus inevitables damnificados, las palabras del pintor Antonio López resultan irrefutables. Se ha ido imponiendo lo que yo me he atrevido en denominar la estética del enmascaramiento [el uso de la mascarilla profiláctica], auténtica trinchera para muchos hipócritas, envidiosos y canallas.  Por otra parte, queda constatada la existencia de sociedades acusadamente inhóspitas, y la presencia de políticos interesados en réditos mediáticos.

―Nuevas Escrituras Canarias, asesoramiento literario, trabajar en cuatro antologías, ¿cuál la actual tarea literaria?

―Nuevas Escrituras Canarias y la Biblioteca Básica Canaria supusieron dos importantes hechos literarios. ¿Asesoramiento editorial?, duro trabajo, sereno y activo a la vez. La experiencia con las antologías (escritores vascos, portugueses, uruguayos y mexicanos, respectivamente)  ¿resultó satisfactoria?, ¿fue poco o nada valorada?  ¿Decepcionado?, no, realista sí. Dichas antologías fueron bien acogidas por Tito Expósito, uno de los mejores editores existentes en Canarias, coordinador de Editorial Baile del Sol. Sumamente revelador resultaría abundar en dicha experiencia narrativa. Quedaron pendientes muchas intenciones. Ahora escribo, trabajo en una novela, tengo a medias otra novela y leo, pero creo que hay que ser tenaz a la vez que prudente en el oficio de la lectura, tratando de ser selectivo.


(*) Datos bibliográficos de Jesús Rodríguez Castellano, escritor y entrevistador.

Jesús R. Castellano, 1953, Tenerife, Canarias. Obtuvo el tercer premio de poesía Matías Real, convocado por el periódico (hoy desaparecido) La Tarde. Andrógino invisible, se titulaba la obra. Luego en poesía continuaron el cuadernillo Proserpina y el libro Dama es una trampa. Su primera novela, Telarañas, la publicó el Gobierno Autónomo de Canarias. Le continuaron: El negro, Agosta escribe y El pintor asesino. Fue director de la revista Lunula (Gijón, Asturias) y redactor jefe de ¡A Quemarropa! la Semana Negra de Gijón. Colaboró con trabajos de encargo en Editorial Júcar y trabajó en el periódico El Comercio (Gijón, Asturias).