desdistancias

​​​​

​Desdistancias

 

(cuento)

 

Agustín Díaz Pacheco

 


 

 

 

Su mano derecha, al igual que una onda arrojó con fuerza la botella lo más lejos del peñasco que se adentraba en el mar. La botella emergió rápidamente y se convirtió en una provisional boya. En su interior, un escrito, un pequeño mensaje, acompañado de un corto verso de Pablo Neruda: A quien la recoja, mi entrañable saludo. He escrito estas líneas en los momentos de recreo, en el transcurso de la actividad de mis compañeros, y mis contados amigos, quienes se entretienen haciendo cabriolas, jugando al fútbol o al baloncesto, haciendo todo lo contrario que yo. Espero que esta botella sea recogida por una mano bondadosa, y el texto que permanece en su interior desplegado por unos dedos tan ávidos como los míos, a la vez que unos ojos inteligentes y curiosos lean mi mensaje. Soy un adolescente que confía en las ondulaciones del mar, en las corrientes del océano, en los atajos marinos. En el destino. Espero que otra persona, una mujer, lea mi texto y me escriba a la dirección que acompaña mi carta. Mi más cordial saludo.
Fernando Amaral



¿Sufre más el que espera
que aquel que nunca esperó a nadie?

¿Dónde termina el arco iris,
en tu alma o en el horizonte?

¿Tal vez una estrella invisible
leerá el cielo de los suicidas?

 ¿Dónde están las viñas de hierro
de dónde cae el meteoro? (1)



Transcurrieron los días, pasaron los meses, abundaron los años, y cierto día, en el mes de agosto, cuando estaba de nuevo en aquel pueblo costero pasando un tiempo de descanso, alguien tocó en su puerta. Se dirigió hacia la puerta, y pudo comprobar que habían introducido un sobre bajo ella. Su mano derecha recogió el sobre. Contempló la letra, grácil y en forma de extraños bucles. Miró extrañado el remite. A continuación, abrió cuidadosamente el sobre. De su interior extrajo un papel doblado. En él aparecía un texto manuscrito a estilográfica que decía:

Estimado señor Fernando, hace tan sólo unos días he podido recoger una botella conteniendo un pequeño texto; un texto cordial y abundante en esperanza. Lo he leído detenidamente, y ahora me atrevo a contestarle. Creo que debo decirle queyo también jugaba cuando tenía su edad, y mis amigas se entretenían en charlar con mis compañeros de clase. Recuerdo que hace algún tiempo, admiré a un compañero de instituto. Él nunca se fijó en varias de las chicas, entre las cuales me encontraba yo. Era un adolescente agraciado, alto y sensible. Llegué a amarlo. Pero temí y hasta padecí su timidez. Ahora, transcurrido el tiempo, sólo le deseo a usted que viva en salud y paz.

Depositó la carta sobre la mesa. Se retiró lentamente las gafas. Estuvo pensativo durante un buen rato, tiempo que aprovechó para mesar su blanca barba. Volvió a mirar la carta de nuevo y luego se detuvo en la firma, Sor Margarita Balboa. Se entretuvo en la dirección, y un escalofrío recorrió su columna vertebral. Su mano derecha corrió la cortina de la ventana y su sojos se fijaron en el convento que podía divisar a centenares de metros de su casa.

 

 

[Fuente: Agustín Díaz Pacheco. "Desdistancias". Breves atajos. Tenerife: Ed. Baile del Sol, 2002 (p. 87-88).
Audio: interpretación de Diego del Pozo]

(1) El libro de las preguntas, Pablo Neruda.

 

 

 

 

 

 

Undistances

 

Augustín Díaz Pacheco

 

 

 

His right hand, like an ocean wave, heaved the bottle forcefully as far as possible from the rock outcropping that protruded into the sea.  The bottle emerged quickly and became a provisional buoy.  Inside it, a writing, a small message, accompanied by a short verse by Pablo Neruda:  To whom recovers this bottle, my deepest greetings.  I have written these lines in my recreation time, during the activities of my classmates and my few friends, who entertain themselves jumping around, playing soccer or basketball, doing the opposite of myself.  I hope that this bottle is recovered by a kind hand, and the text that remains inside it is spread fingers as avid as my own, as intelligent and curious eyes read my message.  I am an young man who trusts in the undulations of the sea, in the ocean currents, in the marine shortcuts.  In destiny.  I hope that another person, a woman, reads my text and writes to me at the address that accompanies my letter.  My most cordial salute.

Fernando Amaral

 

Sufre más el que espera

Que aquel que nunca esperó a nadie?

Dónde termina el arco iris,

En tu alma o en el horizonte?

Tal vez una estrella invisible

Será el cielo de los suicidas?

Dónde están las viñas de hierro

De dónde cae el meteoro?*

 

The days passed, the months went by, the years added up, and one day, in the month of August, when he was once again in the coastal town to spend a vacation, someone knocked on his door.  He made his way to the door, and noticed that an envelope had been slipped underneath it.  His right hand retrieved the envelope.  He looked at the handwriting, delicate and formed with strange ringlets.  Thereafter, he carefully opened the envelope.  From inside it he extracted a folded paper.  On this appeared a text handwritten with a fountain pen that said:

Esteemed mister Fernando, only a few days ago I was able to recover a bottle containing a small text; a cordial text abundant in hope.  I have read it at length, and now I dare to answer you.  I believe that I should tell you that I also played when I was your age, and my friends entertained themselves by chatting with my classmates.  I remember that some time ago, I admired one classmate at school.  He never paid attention to the various girls, among whom I found myself.  He was an attractive young man, tall and sensitive.  I began to love him.  But I was afraid and I suffered from his shyness.  Now, the time already passed, I only wish that you live in health and peace.

He placed the letter on the table.  Slowly, he removed his glasses.  He was pensive for a long moment, time that he used to pick at his white beard.  He turned to looking at the letter again and later focused on the signature, Sister Margarita Balboa.  He trembled at the address, and a shiver ran up his spine.  His right hand pulled the curtain from the window and his eyes fixed themselves upon the convent that he could make out only hundreds of meters from his house.

 

Agustín Díaz Pacheco